Rudolf Rocker Y Felipe Alaiz – La Maldición De Practicismo/Nueva Maldición Del Practicismo

Todavía continúa teniendo actualidad la pequeña y bonita historia que nos contó Gorki: “Del pájaro carpintero que amaba la verdad y del embustero verderón”. Pero el poeta habría podido titular su historia, y tal vez más acertadamente: “Del práctico pájaro carpintero y del impráctico verderón”, sin que por eso hubiera sido forzado a cambiar una sola palabra del relato. Pues el pájaro carpintero era realmente el sabio práctico, y el pequeño verderón parduzco, un utopista incorregible, al que atravesaban el alma sueños de poeta y en el cual el anhelo tembloroso se transformaba en canción.
Por eso cantaba el pequeño verderón, apenas sin darse cuenta. Cantaba porque no podía menos de cantar, porque se le calentaba el cuello y el alma tenía que librarse de su superabundancia. Cantaba sobre la aurora de una nueva vida, sobre una lejana dicha que sólo podía obtenerse en la lucha.
Los otros pájaros en el bosquecillo enmudecían poco a poco y escuchaban la canción jubilosa. Hasta que descubrían que era sólo un verderón el que cantaba así. Entonces les invadía algo así como un desencanto. Sí, si hubiera sido un águila, pero un verderón -¡cómo es posible!


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Rudolf Rocker Y Felipe Alaiz – La Maldición De Practicismo/Nueva Maldición Del Practicismo

Todavía continúa teniendo actualidad la pequeña y bonita historia que nos contó Gorki: "Del pájaro carpintero que amaba la verdad y del embustero verderón". Pero el poeta habría podido titular su historia, y tal vez más acertadamente: "Del práctico pájaro carpintero y del impráctico verderón", sin que por eso hubiera sido forzado a cambiar una sola palabra del relato. Pues el pájaro carpintero era realmente el sabio práctico, y el pequeño verderón parduzco, un utopista incorregible, al que atravesaban el alma sueños de poeta y en el cual el anhelo tembloroso se transformaba en canción.
Por eso cantaba el pequeño verderón, apenas sin darse cuenta. Cantaba porque no podía menos de cantar, porque se le calentaba el cuello y el alma tenía que librarse de su superabundancia. Cantaba sobre la aurora de una nueva vida, sobre una lejana dicha que sólo podía obtenerse en la lucha.
Los otros pájaros en el bosquecillo enmudecían poco a poco y escuchaban la canción jubilosa. Hasta que descubrían que era sólo un verderón el que cantaba así. Entonces les invadía algo así como un desencanto. Sí, si hubiera sido un águila, pero un verderón -¡cómo es posible!


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