Vivir en la periferia del sistema no siempre representó una desventaja. El judaísmo de Europa central a fines del siglo XIX e inicios del XX fue uno de los polos culturales más creativos de los tiempos modernos. El problema del judaísmo en América Latina reside en que es doblemente periférico, además de ser de otra época. Al estar localizado en países capitalistas “emergentes”, es decir, alejados de la cola pero, todavía, lejos de la cabeza y con comunidades de baja densidad demográfica y cultural y en un ambiente relativamente poco hostil -lo que disminuye las fuerzas centrífugas-, enfrenta el desafío de individualizarse en un universo globalizado en donde los espacios locales son permanentemente colonizados por el mundo exterior.
Por lo tanto, seria ilusorio imaginar que el judaísmo latinoamericano pueda desvincularse -o no depender ampliamente- de las contribuciones de los grandes centros contemporáneos del judaísmo: el estadounidense y el israelí. Con todo, conscientes de estas limitaciones y de las nuestras, creemos que la situación periférica crea un pequeño espacio de libertad, la distancia necesaria para relativizar lo que en los centros dominantes -Nueva York y Jerusalén- aparece como obvio y natural: el judaísmo “étnico” y el judaísmo estatal-nacional.
El judaísmo siempre tuvo comunidades hegemónicas. Incluso, el gran historiador Simon Dubnow construyó, basado en esa constatación, su teoría de la periodicidad de la historia judía en tomo de la ascensión y decadencia de estos centros diaspóricos. Sin embargo, en ninguna otra época el horizonte de esas comunidades hegemónicas fue tan autorreferencial y parroquial como en el caso del judaísmo americano, o tan activamente colonizador y autista como en el del israelí. En ambas situaciones, el resultado es la falta de diálogo con las comunidades periféricas. La hegemonía estadounidense e israelí es particularmente desafiante, puesto que Estados Unidos e Israel, además de concentrar el 80% del total de la población judía mundial, simbolizan visiones del mundo consideradas como puntos de llegada, es decir, representaciones del final de la historia errante del pueblo judío, tierras prometidas y modelos a los que el judaísmo del resto del mundo debe aspirar e imitar.
Este libro reúne textos de un rabino y de un sociólogo. Además de la amistad y de la convergencia de visiones del mundo, al menos acerca de “este mundo”, existen buenas razones para aproximar la visión sociológica y la visión rabínica.

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